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¿Mayo apagado?

Los años han ido cambiando la forma de ver aquel Mayo del 68 y sus flores y su revolución que en un momento lo fue todo. La distancia, que se ha acrecentado con respecto a aquella primavera de nuestros sueños, no implica apatía, desengaño. Creíamos en aquella revuelta, suspiramos por ella. Hubiéramos dado tanto por estar en las escalinatas de aquella Sorbona, por haber caminado aquel París convulso, inundado de estudiantes de puño en alto. Ahora mucho ha cambiado y sin embargo no quiere decir que se apago el anhelo de cambiar este mundo injusto. A fuerza de clamar imposibles, no logramos cambiar la realidad. Hubo que modular esos reclamos.

Alejarse de la barricada no significa necesariamente hacerlo de la utopía. La distancia, que ha ido creciendo con respecto a aquel Mayo, no invita necesariamente a una adhesión al actual sistema. Margen con respecto a los primeros antisistema, no implica ser uno con lo que hoy impera. Más allá de ese paisaje de cascotes se ha abierto, a lo largo de las últimas décadas, una prometedora geografía en la que han comenzado a florecer cada vez más viables y sólidas alternativas. Lo que principalmente significa a la alternativa verde y solidaria a la que estamos entregados, es que no viene a confrontar, viene sencillamente a ofrecer. Está germinando una alternativa de futuro, cuya fuerza no arranca de un desquite, de un rencor, sino de una esperanza e ilusión cada vez más anchas y compartidas.

Aquellos jóvenes, que por momentos pareció que tumbaban el viejo orden, no concibieron repuesto. En las tertulias planificaron cómo derribar lo instituido, pero olvidaron interrogar al futuro. El café en la nutrida terraza parisina no se estiró para tanto. Ahora no hubiéramos arrojado esas piedras, no hubiéramos dado fuego a esos cócteles, pero tampoco habríamos caminado detrás de un De Gaule en aquella marcha histórica que pretendió sellar la revuelta y reinstaurar el "orden amenazado".

Afinamos un poco más mirada y análisis. No todo el pasado es preciso volcarlo en la papelera. Observamos con más precisión lo que sirve y lo que no. Lo que es preciso dejar atrás, no lo combatimos; lo abrazamos y lo despedimos. Si hay un Mayo que se apaga, hay otro que despierta. Los sueños caminan ahora más despacio, también más seguro. Los sueños de hoy no provocan el orden, lo invitan a cambiar y mejorarse.

Inocencia no es lo mismo que ingenuidad, ¿los retratos de Mao o de Lenin ameritan en verdad las pulcras paredes del presente? Los muertos que dejaron a sus espaldas los “líderes revolucionariosâ€, caminarían seguramente por las avenidas de hoy más anchas y curtidas, más tolerantes y esperanzadas. La poesía sigue donde la dejamos, en la misma punta de los labios ahora más ajados, en los mismos muros de viejo y provocador adoquín, sólo que ahora propone una primavera más bonancible con menos huracanes y tormentas.

¿Nos habremos aburguesado…? No hay flamantes coches a las puertas de nuestras casas sencillas. Ahora tenemos puesta más la confianza en esa huerta de al lado que cultivamos con cariño y paciencia, en esa electricidad que pedimos al sol desde unas placas, en esa cooperativa de productos naturales que tenemos en la aldea…, que en los gritos que podemos lanzar al cielo si bajamos al asfalto.

No marchitaron las flores de aquel Mayo, dejaron caer semillas que comienzan a germinar en este tiempo mas propicio. La garganta ya no reclama estridencias, quiere descanso, susurro, pero tampoco absoluto silencio. Los ideales nos mantienen despiertos, sólo que ahora buscamos aquellos que nunca caducan. La nostalgia felizmente no nos sacude, porque el futuro se presenta incluso más sugestivo y alentador que las parisinas primaveras de hace ahora medio siglo.


Artaza 10 de Mayo de 2018

 
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