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Se acabó el “dedoâ€

La cuneta de una carretera puede ser privilegiado observatorio del mundo y sus gentes. Basta apostarse en ese estrecho asfalto y alargar el dedo para iniciarse en profunda psicología humana. Es probable que la tesis se escore hacia el desencanto.

Hice algunos de esos estudios en mis corridos de autoestopista durante los tiempos mozos. En la espera, a veces prolongada, quedaban justificados los que iban con el coche a tope, los que andaban con prisas, o las que no se detenían por un evidente y comprensible temor. Era la forma de burlar el desencanto, de mantener la fe en la condición humana, que podía en algún momento llegar a caer por los suelos. De cualquier forma, la calidad de la gente que al fin se detenía, bastaba por sí sola para sostener esa esperanza.

Muchas horas en la cuneta disponían al desánimo, pero siempre había un coche que se paraba en la raya de la desesperación y un amable conductor te empujaba hacia el destino. El “autostopâ€, no es sólo una forma de viajar, lo es también de entender el mundo basada en el compartir.

Era tan sólo ayer cuando nos tragábamos el mundo, cuando recorríamos cientos de kilómetros con cuatro duros en el bolsillo y dos latas en la mochila. De haber nacido más tarde, los actuales legisladores nos hubieran privado, por lo menos por estos lares, de esas experiencias indispensables. He encontrado gente maravillosa en cientos de trayectos en autostop, gente que jamás hubiera conocido viajando en otro medio. Es verdad que también hubo sustos, pero fueron los menos, percances al fin y al cabo que nos invitan a estar perceptivos y alertas, pero no a renunciar a una aventura consustancial a la vida.
En un Occidente, fomentador a menudo de una vida demasiado fácil y planificada, no sobran dedos de jóvenes en las cunetas, veinteañeros conquistando con esfuerzo sus kilómetros, haciendo frente con valor y optimismo a las dificultades del camino. Hace falta que se constipe repetidas veces el dedo pulgar en la cuneta hasta ameritar poner las manos en un volante propio. Siempre resta la opción económica del autobús, pero demasiado aire acondicionado daña los pulmones y apaga corajes.

El gobierno ha puesto días contados a esta práctica universal. El nuevo código de circulación español nos viste con elegantes chalecos refrectantes, muy homologados ellos, y además prohibe hacer dedo en autovías y autopistas. Los legisladores no se dan cuenta de que con esa ley tan poco convincente impiden a los jóvenes una hermosa y económica forma de conocer mundo, de saltar a la necesaria aventura, de hacer amistades. Difícilmente se puede justificar esta prohibición, pues no entraña peligro alguno detener el vehículo al borde de la calzada, previa señalización con la luz intermitente.
¿Quién un buen día no cogió una mochila y marchó a explorar geografías y culturas? ¿Quién no abandonó la comodidad del hogar con escaso dinero, pero enorme curiosidad por descubrir lo diferente? Los legisladores se olvidan de los jóvenes que desean dormir bajo las estrellas y sacar al amanecer el dedo en la cuneta. Se olvidan de que la inmensa mayoría de los vehículos van vacíos y que hay quienes desearían llenarlos; de que el coche personal, blindado al exclusivo uso particular nos torna cada día más individualistas y egoístas. Se olvidan de que el mayor placer que se nos ha dado en la vida es compartir. Se olvidan de la alegría del frenazo para alguien que se halle en necesidad o simplemente recorriendo mundo.

Los legisladores se olvidan de muchas cosas. No tenemos la culpa de que en su rostro no soplara el viento desafiante de la aventura, de que no se vieran tentados por la melena larga y la mochila al hombro. Muy probablemente viajaron siempre con agencias organizadas y ningún coche desconocido se detuvo para abrirles el horizonte.
Escribo en favor del autostop, en favor de la rebeldía ante las leyes inconsistentes, pero ante todo en favor del compartir, nuestra gran asignatura pendiente. Quien comparte coche está más predispuesto a compartir tierra y camino, visiones y sueños. Nuestro mundo necesita cada día más de fronteras, hogares y coches que se abren. Las puertas cerradas, el blindaje y el “sálvese quien pueda†amenazan nuestro futuro.

Acallemos esa desconfianza que perpetua los espacios y universos cerrados, que posterga un mundo más fraterno. Detengamos los coches ante la solicitud de un dedo, detengamos nuestros motores ante tantas necesidades ajenas, detengamos nuestro diario rodar ante tanta gente en la cuneta. Pisemos el freno para no olvidar que somos entrega. Levantemos el seguro, abramos las puertas de metal para no olvidar que, en el fondo, nada nos pertenece, que mañana será tu hijo o tu nieto el que cargue mochila y desee tragarse el mundo. El autostop nos invita a la rueda de la solidaridad y los legisladores de tráfico cometen inconsciente torpeza al detenerla.

Quien ha sido una vez trasladado “a dedoâ€, bien en un viaje, bien en un apuro, difícilmente podrá mirar hacia otro lado, cuando yendo al volante, le sorprenda un autoestopista. El autostop es buena escuela del “hoy por ti y mañana por míâ€, un especial entrenamiento para contar más los unos con los otros, una oportunidad de descubrir el placer del servicio. El que hoy lleva la mochila es el que mañana coge el volante. Al fin y al cabo todos avanzamos hacia un mismo destino. Hacemos dedo en la misma ruta hacia un horizonte más feliz y compartido.

 
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