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Las tarjetas no son para el otoño

Paseamos estos días por unos bosques generosos. ¿Cuántos dones servidos a la vera de los caminos de otoño? El mimbre rebosa de nueces y los botes de cristal de higos en mermelada. El horno desnuda la piel de unas castañas recién cogidas, manjares de la Tierra tras los cuerpos una y otra vez inclinados. Sin embargo a la Madre no le podemos pedir más de lo que nos dan sus árboles y ramas cargadas, sus recias matas, sus suelos ahora tamizados de ocres y de oros… La Tierra y sus Reinos tienen sus ritmos, sus ciclos, sus límites. Nuestra ambición a menudo echa a correr, se desboca, se vuelve ilimitada y podemos llegar a pensar que los recursos de la Madre también lo son. Nada más equivocado.La Madre Tierra tiene ya 7.000 millones de comensales a su mesa. Lo que tomamos de más es lo que a otros llega de menos. La austeridad es nuestra medida en un mundo en el que demasiados hermanos no se sientan tres veces al día ante el plato. El plástico engaña, las tarjetas de plástico aún más todavía. Se nos antojan sin fondo, de forma que podemos hacerlas pasar por la máquina cobradora cuantas veces nos apetezca.

Ese es el problema de nuestro mundo. Nos hemos encerrado en una burbuja artificial y hemos perdido la noción de la realidad. El campesino no pisa la tierra, el panadero no amasa la masa, el niño no sabe de donde viene el tomate, ni la leche, ni siquiera los huevos… Los 86 directivos de Bankia parecieran no conocer tampoco que la tarjeta que tan alegremente gastaban, tenía un fondo y que además ese fondo se había llenado con el esfuerzo y el trabajo de los ahorradores.

Recuperar el sentido original de economía como preocupación por la casa colectiva, “oikosâ€, por el bien común, para que finalice el macabro baile de las tarjetas “blackâ€, para que se frene el gasto sin medida en pos de una felicidad individual que siempre se sitúa más allá de nuestras posibilidades. Recuperar la economía como contribución de cada quien al bienestar global. Las tarjetas vienen tras el esfuerzo ya manual, ya intelectual. Una vez que hemos servido y rendido a la comunidad, a la “casa†común, deberemos sacar en razón de nuestras necesidades verdaderas. El sentido de la economía se adultera, desde el momento que tratamos de beneficiarnos personalmente en detrimento de la colectividad necesitada.

A menudo se desenfundan las tarjetas ignorantes del sacrificio que ha costado cargarlas. A veces ese esfuerzo ni siquiera es propio. Los directivos de Bankia y Caja Madrid no invirtieron esfuerzo en cargar con 15 millones de euros las polémicas tarjetas. Nunca debieron habérselas enfundado, menos gastado, menos aún ir con ellas a restaurantes de lujo… Las tarjetas, como la tierra, son para quienes la trabajan, para quienes amasan el pan, cultivan la tierra, hunden el pico o exprimen sus neuronas… El sudor nos traiga la memoria de que la mesa y el vino eran tras el denuedo y el ahínco, nos devuelva el recuerdo del trabajo para el sustento, la conciencia de cuando el dinero tenía que ver con la azada o la pala, cuanto menos con el despertador tronando de buena mañana…

Escribir y no faltar, argumentar y no herir. ¿Cómo conocer que el máximo directivo, Miguel Blesa, se gastó con esas tarjetas 9.000 euros en un safari y 10.000 en vino y al mismo tiempo seguir respirando en paz? ¿Cómo encarar el tema de las tarjetas y mantener la serenidad y la calma? Las tarjetas no eran siquiera para el verano, si es caso para un verano más de todos. Ya no más plásticos colmados con ardor y empeño del otro. Ya no más restaurantes de lujo donde dilapidar el esfuerzo de los ahorradores, de los pequeños inversores en preferentes, sino pan, pizarras y techo para la entera ciudadanía, para que nadie pase angustia, ni privación. Hemos hecho un mundo de plástico, artificial, una economía engañosa y ahora toca volver a la de la realidad, toca volver al mundo del esfuerzo mancomunado y solidario, a la empresa común en la que todos arrimamos.

Despleguemos más esfuerzo a favor del bien común, desenfundemos menos tarjetas a favor del beneficio propio. En realidad las tarjetas tampoco eran para el otoño. No he dado con ningún cajero automático en la profundidad del bosque, pero los pies se han ido tropezando con cantidad de nueces, castañas, higos… que me han salido al camino. Llenemos la alacena común, el almacén colectivo. Guardemos el plástico para los apuros, para cuando llegue el invierno y a golpe de tarjeta debamos alegrar aquel hogar ajeno, aquella casa sin fuego.

 
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