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LA ULTRADERECHA QUE ME HABITA

Me habita y puja además por conquistarme por entero. Su gran saco de votos es del volumen de mi, no menos considerable, saco de miedos. A veces observo con cierta misericordia mi personal Milei, mi propia Le Pen o Meloni temerosos, agazapados. Representan algo de nuestra naturaleza acorazada, no realizada; recelan de nuestra presencia más empoderada. El rencor que a menudo expresan esas formaciones sintoniza con un resquemor interno, tiene que ver con nuestra propia "malformación", es decir con el miedo a revelarnos como en realidad somos: compasión en semilla aguardando su despliegue, amor en compás de espera para terminar de brotar.

Mientras tanto una “motosierra” runrunea también en las entrañas. No combatiré fuera lo que primero he de encarar por dentro. La extrema derecha, en meteórico y preocupante ascenso por doquier, encarna nuestros miedos, la personalidad temerosa de que venga otro del Sur y nos reemplace, tome turno antes que yo en la cola del quirófano o se lleve el libro de la biblioteca que yo quería o la ayuda social a la que yo aspiraba. La ultraderecha simboliza el miedo a que, por ejemplo, medidas contra el cambio de clima nos muevan del sillón, amenacen nuestro nivel de vida y confort.

La derecha radical es en esa medida “comprensible”, pues representa nuestro recelo a alzarnos soberanos, generosos, a compartir plenamente, a hacer del privilegio algo más de todos, algo menos mío. Al miedo no se le confronta, se le supera con altruismo, se le trasciende con arrojo, con acopio de desprendimiento y valores. Sólo resta confiar en que en la Tierra hay sitio para todos, siempre que vivamos con simplicidad y digna austeridad. Nada estaba perdido si estamos dispuestos a ceder la vez hacia el cirujano, a esperar sin prisa al libro anhelado, a apreciar la diferencia y al diferente, a hacernos con productos menos contaminantes, más sanos y ecológicos…; en definitiva, a albergar en nuestro corazón el anhelo de un mundo que funcione por fin para la inmensa mayoría.

Los nuevos colores del Parlamento europeo no lo dicen todo. Los números electorales no tienen la última palabra. Las urnas son importantes, constituyen la base de nuestra democracia, del sistema igualitario en cuanto a derechos del que nos hemos dotado, pero esas preciadas cajas de cristal revelan sólo de forma limitada. Los escrutinios no pueden alcanzar nuestras geografías más interiores.

Hay Vida más allá de una tensa política omnipresente. No nos son ajenos los números de las portadas, pero preferimos, necesitamos mirarlos de reojo. Deseamos volcarnos en la mucha buena nueva que no hace brotar ningún ruido. Ésta tiene que ver con contiendas en las que pierde el recelo, la desidia, el propio ombligo, la desesperanza. Observaremos no tanto los grandes titulares, las coloridas "tartas" con los magros resultados electorales, sino noticias más discretas y silenciosas, por ejemplo las estadísticas de la ciudadanía que cada mañana se sume en una atención más plena, agradece la dicha, cada quien a su forma y manera, de respirar sobre este planeta bendito.

Repararemos en el callado despertar a la fragancia de la noble existencia, en el progresivo "asiento" interior de una dicha sin nombre, no tanto en el vaivén de las fuerzas que pujan por los "asientos" allí lejos de ese inmenso Parlamento. Atenderemos al irrumpir de un nuevo latido en tantos corazones, no tanto al estruendo con el que se reconforma el gran centro de la política europea.

Hay horizonte más allá de los, aparentemente, poco estimulantes resultados electorales. Dicen que las fuerzas de la insolidaridad, de la falta de consideración para con la Tierra nuestra Madre, del menosprecio del diferente... estaban de jolgorio, pero hay otra suerte de genuina fiesta que se gesta silenciosa, imparable y que está ligada al progreso de los valores de hermandad humana y de reencuentro con la entera Creación. Dicen que se nublan los cielos sobre Bruselas, hablan de franco retroceso de las fuerzas de progreso en las elecciones del mayor ágora democrático del mundo, pero no nos tumban los titulares. Volveremos, siempre volvemos una y otra vez a ofrecer nuestro corazón.

 
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